“–Real envido. –Quiero 22. –Son buenas.” Una catarata
de improperios le continúa a ese diálogo de parte del compañero perdedor;
carcajadas hasta el llanto desde el dueto ganador. Esta y muchas otras
historias, se tejen durante una partida de truco cuando cuatro amigos se
sientan en una mesa ambientada con aperitivos y picada, reparten cartas,
separan porotos para el tanteador y comienzan un juego de mentiras, engaños,
actuaciones, competencia e insinuaciones; parte de la vida misma.
No hay que renegar de los avances tecnológicos, lo ideal es aprenderlos,
comprenderlos y utilizarlos en su medida justa. Los cambios culturales que
estos traen calan profundo en las nuevas generaciones, aunque muchos de ellos
también han sido adquiridos por los “+30+40”. El arribo de la PlayStation
permite al sexo masculino no extrañar lo que nunca fue, un habilidoso jugador
de fútbol por ejemplo, ni necesitar que sus hijos deban cumplir con ese
fracaso. Resulta muy atractiva la posibilidad que brindan juegos como FIFA y
PES de crear más fantasías que el propio Cristiano Ronaldo, ser tan goleador
como Messi, superar en vallas invictas a Buffon y transformar a un Garcé en el
mejor Franco Baresi –perdón Ariel, pero como “te banco” merecés ser citado
entre tantas estrellas–.
Atrás quedaron Atari Crece y el Pac-Mán de la década del 70; diez años
después el Donkey Kong donde un fontanero debía rescatar a su bella novia de
las garras de un gorila, el Bomberman, el Tetris y Arkanoid donde con
solo una barra y una bola se tenía que eliminar una construcción de ladrillos.
Ya en los 90 con la llegada de la consola Super Famicom muchos juegos se
sumaron. La vedette fue el Street Fighter, el cual nunca me simpatizó pero
igual llegué a conocer su golpe “hadouken” llevando la palanca a la izquierda
para luego hacer un medio círculo, apretar el botón y que salga una bola de
fuego o nieve, ¡o algo!
Sobre esos años dos grandes recuerdos tengo. Las interminables tardes en
casa de Joaquín, donde la variedad de “cartuchos” permitían cambiarlos cuando
nos cansábamos de uno. Graciela, su mamá, y “Pacri”, su abuela, se turnaban
para preparar las chocolatadas frías antes de que llegue del trabajo Emilio,
hora en que la recreación seguía en el patio. Mi memoria me lleva a la segunda
anécdota: anotar 7 pesos de fichas en la sala de máquinas de “Agapito”, luego
acompañar a un vendedor de cigarrillos de una empresa cañadense, cobrar mismo
importe por la tarea, pagar esa deuda y generar una nueva cuenta corriente
hasta el día siguiente. Fantoches de chocolate con coca cola era la compañía de
esas tardes, donde en alguna oportunidad –¡Sergio, al pasar diez años y haber
prescripto el delito puedo reconocerlo¡–, empujamos con Renzo la “cascada” para
ganar créditos gratis.
En los encuentros de amigos tres juegos de cartas se destacan por
excelencia. La mosca es el más “livianito”; el póker que únicamente se
transforma en atractivo cuando existen apuestas, por lo tanto pierde su lado
lúdico; y el mencionado truco.
Este, como ningún otro permite jugarlo sin extraerse del mundo que nos
rodea. Entre mano y mano es común hablar de otras cosas, fútbol, mujeres,
televisión, política, trabajo. El “pasar engrasado” o “ir a la
pesca” y aprovecharse de ello, genera las mejores sensaciones.
Recordar que “afuera está fresco” pasando la mitad de la partida es el chiste
recurrente. Cantar la “falta envido y truco” cuando el rival está a
punto de ganar achica a la otra pareja como pocas cosas. Los “vení”,“¿puedo
ir?” y “yo te acompaño” muestran la solidaridad del equipo.
“Una más arriba” y “dos más abajo” anticipa qué carta nos quedará para tercera.
El “matá que lo que cuesta vale” en primera, significa pelear la
última mano con un rey, caballo o sota. Son innumerables los latiguillos como
estos que pueden agregarse a la lista; usted seguro estará pensando otros.
Entre los de corta edad en que el ritual del “asado” comienza a ser una
novedad, la Play ha ganado por KO. Aquellos que pasan los 20, la victoria se la
está llevando por puntos. Los que suman tres décadas, incluso los treinta y
diez, el truco pareciera haberse quedado sin resto físico. Que no muera
dependerá de nosotros, porque sería una pena que a nuestros nietos cuando nos
pregunten sobre “qué es eso del truco”, en lugar de buscar en
libros de historia podamos gritarle “quiero retruco”.
César Negri
”Bingo” de Martín Caparros enumera del 0 al 99 buenos textos que dan
cuenta de su visión del mundo y cultura, con tono irónico y original. El “32” para este caso.

