¿Cuántos picnic de primavera tiene una persona en su vida? Dos o tres en
edad de primaria y cinco o seis durante la secundaria. No más de diez
oportunidades nos da la vida para reunir recuerdos y anécdotas que se
transformarán en inolvidables para las décadas siguientes. Si uno no ha sido
muy amigo del “sol” que digamos, esas chances disminuyen considerablemente
hasta dejarlas prácticamente en cero. Quizás por ello, es que tenga más
presente las dos veces que fui el “único” en algo.
La primera de esas historias se remonta a una mañana del año 1993 o 94. El
regreso de un docente a su cargo de la escuela Técnica Nº 278 llevó a una “toma
del colegio” de parte del alumnado; nunca estuvo claro si fue decisión de los
cursos superiores o incentivado por “mayores”. La consigna era no entrar al
establecimiento hasta nueva información que debía llegar desde dirección, donde
se producían las negociaciones. Por intuir que el problema no era el que
nos habían contado las autoridades de ese momento o, quizás, por solidarizarme
siempre con el que no puede defenderse, opté por ingresar. Después de 90
minutos sentado en un banco de madera del patio pude cruzar palabras con el
directivo que había tenido un apercibimiento, castigo o algo así en Armstrong.
Tras chocar nuestras manos, dije: “No sé por
qué estoy acá, pero sentí que debía estar acá”.
El segundo recuerdo tuvo lugar en 1997. El día previo al festejo de la
llegada de la primavera y del estudiante, mis compañeros habían consensuado
hacer un faltazo general a clases. La idea era generar una especie de lo que
hoy llamamos “feriado puente”, para que la celebración se extienda dos días
bajo el entusiasta sol primaveral. Mi relación poco amistosa con el “aire
libre” me hizo a analizar: “¡si faltan todos y yo voy, tendré
solo un rato de clases y seré desobligado rápido!”. Mis cálculos
fallaron. El resultado fue tener que quedarme hasta las 18:45, hora de salida,
incluso uno de los profesores me dictó durante dos horas cátedras.
Pero hagamos un poco de historia sobre el “Día del estudiante” que permita
una reflexión. Tomando como fuente al historiador Daniel Balmaceda(http://blogs.lanacion.com.ar/historia-argentina/),
la fecha fue propuesta en 1902 por Salvador Debenedetti, presidente del Centro
de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras –quienes más, si no ellos–,
con motivo de homenajear a Domingo F. Sarmiento, ya que un mismo día pero de
1888 sus restos mortales llegaron a Buenos Aires, luego de ser repatriados
desde Asunción. Los primeros 21 de septiembre se limitaron a actos
universitarios, que en su evolución culminaron en lo que hoy conocemos.
A nivel local, en mi época y un poco antes también, el lugar elegido para
esos festejos era el Parque San Martín. Por esos años, ir a ese lugar era como
pedalear hasta un campo; la urbanización y el desarrollo de la ciudad con la
llegada del pavimento a calle Paso de los Andes, nos lo fue acercando
demasiado. Existían dos grupos, dos estilos de vivir ese día. Los más recatados
en el predio sur; lo más revoltosos, los detractores de la “ley seca”, hacia el
norte. Cada uno tenía sus normas, sus formas, eran dos mundos diferentes que se
respetaban mutuamente, sin entorpecer al otro. La 65 no pintaba para ser la
ruta que hoy conocemos, ni una calle siquiera, a lo sumo parecía una vereda
donde “acróbatas” en sus motos o bicicletas, así como quien obraba de asador o
sabía tocar la guitarra, intentaban llamar la atención de las chicas.
Los excesos de una minoría, como siempre, perjudicaron al resto. Debieron
intensificarse los controles municipales para preservar, no solo de algunos
machucones, sino también la vida de muchos. Inclusive, el Estado para tener
mayor presencia se hizo cargo de la organización. Por ello, esa ventaja de
tener lejos “ojos que vigilan” hoy resulta imposible imaginarlo. Quizás esta
sea una crítica, a mí entender de las pocas, hacia los jóvenes que fuimos y los
que vinieron. No supimos/supieron aprovechar la oportunidad de ser libres por
un día.
Se sabe, los jóvenes cuando quieren divertirse necesitan y buscan estar
alejados de toda persecución y control de adultos. No sería extraño, como ya
suceden con fiestas “top” de verano, que los festejos en un par de años
abandonen el Parque San Martín para trasladarse hasta quien sabe dónde.
Cierro con un tuit de Adolfo Pérez Esquivel:
César Negri
“Here
comes the sun” de The Beatles nos despide el invierno y saluda al sol. http://www.youtube.com/watch?v=U6tV11acSRk
