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jueves, 4 de octubre de 2012

De picnic, toma de colegios y demás


¿Cuántos picnic de primavera tiene una persona en su vida? Dos o tres en edad de primaria y cinco o seis durante la secundaria. No más de diez oportunidades nos da la vida para reunir recuerdos y anécdotas que se transformarán en inolvidables para las décadas siguientes. Si uno no ha sido muy amigo del “sol” que digamos, esas chances disminuyen considerablemente hasta dejarlas prácticamente en cero. Quizás por ello, es que tenga más presente las dos veces que fui el “único” en algo.

La primera de esas historias se remonta a una mañana del año 1993 o 94. El regreso de un docente a su cargo de la escuela Técnica Nº 278 llevó a una “toma del colegio” de parte del alumnado; nunca estuvo claro si fue decisión de los cursos superiores o incentivado por “mayores”. La consigna era no entrar al establecimiento hasta nueva información que debía llegar desde dirección, donde se producían las negociaciones.  Por intuir que el problema no era el que nos habían contado las autoridades de ese momento o, quizás, por solidarizarme siempre con el que no puede defenderse, opté por ingresar. Después de 90 minutos sentado en un banco de madera del patio pude cruzar palabras con el directivo que había tenido un apercibimiento, castigo o algo así en Armstrong. Tras chocar nuestras manos, dije: “No sé por qué estoy acá, pero sentí que debía estar acá”.

El segundo recuerdo tuvo lugar en 1997. El día previo al festejo de la llegada de la primavera y del estudiante, mis compañeros habían consensuado hacer un faltazo general a clases. La idea era generar una especie de lo que hoy llamamos “feriado puente”, para que la celebración se extienda dos días bajo el entusiasta sol primaveral. Mi relación poco amistosa con el “aire libre” me hizo a analizar: “¡si faltan todos y yo voy, tendré solo un rato de clases y seré desobligado rápido!”. Mis cálculos fallaron. El resultado fue tener que quedarme hasta las 18:45, hora de salida, incluso uno de los profesores me dictó durante dos horas cátedras.

Pero hagamos un poco de historia sobre el “Día del estudiante” que permita una reflexión. Tomando como fuente al historiador Daniel Balmaceda(http://blogs.lanacion.com.ar/historia-argentina/), la fecha fue propuesta en 1902 por Salvador Debenedetti, presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras –quienes más, si no ellos–, con motivo de homenajear a Domingo F. Sarmiento, ya que un mismo día pero de 1888 sus restos mortales llegaron a Buenos Aires, luego de ser repatriados desde Asunción. Los primeros 21 de septiembre se limitaron a actos universitarios, que en su evolución culminaron en lo que hoy conocemos.

A nivel local, en mi época y un poco antes también, el lugar elegido para esos festejos era el Parque San Martín. Por esos años, ir a ese lugar era como pedalear hasta un campo; la urbanización y el desarrollo de la ciudad con la llegada del pavimento a calle Paso de los Andes, nos lo fue acercando demasiado. Existían dos grupos, dos estilos de vivir ese día. Los más recatados en el predio sur; lo más revoltosos, los detractores de la “ley seca”, hacia el norte. Cada uno tenía sus normas, sus formas, eran dos mundos diferentes que se respetaban mutuamente, sin entorpecer al otro. La 65 no pintaba para ser la ruta que hoy conocemos, ni una calle siquiera, a lo sumo parecía una vereda donde “acróbatas” en sus motos o bicicletas, así como quien obraba de asador o sabía tocar la guitarra, intentaban llamar la atención de las chicas.

Los excesos de una minoría, como siempre, perjudicaron al resto. Debieron intensificarse los controles municipales para preservar, no solo de algunos machucones, sino también la vida de muchos. Inclusive, el Estado para tener mayor presencia se hizo cargo de la organización. Por ello, esa ventaja de tener lejos “ojos que vigilan” hoy resulta imposible imaginarlo. Quizás esta sea una crítica, a mí entender de las pocas, hacia los jóvenes que fuimos y los que vinieron. No supimos/supieron aprovechar la oportunidad de ser libres por un día.

Se sabe, los jóvenes cuando quieren divertirse necesitan y buscan estar alejados de toda persecución y control de adultos. No sería extraño, como ya suceden con fiestas “top” de verano, que los festejos en un par de años abandonen el Parque San Martín para trasladarse hasta quien sabe dónde.

Cierro con un tuit de Adolfo Pérez Esquivel:



César Negri
“Here comes the sun” de The Beatles nos despide el invierno y saluda al sol. http://www.youtube.com/watch?v=U6tV11acSRk