Un 25 de octubre de 1938 fue el día en que
inmortalizó su obra y nació la leyenda. Esa madrugada Alfonsina Storni decidió
ponerle fin a su último sufrimiento, el cáncer de mama. Antes tuvo otros varios
que uno a uno quedaron sellados en sus escritos, como “La
loba” donde expresó
las miserias y discriminaciones por las que muchas mujeres de esa época
debieron pasar. Problemas económicos la acercaron, y luego la alejaron, de
Bustinza donde sus tardes eran compartidas con Prevístera Correa, tía de mi
abuela materna, y reconocida por los historiadores con el nombre de “Prima”.
Como verán, ¡alguna relación tiene Las Rosas con una de las plumas argentinas
más destacadas!
Hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni,
nació en Suiza radicándose a los 4 años en San Juan. Desde niña ayudó a la
familia como mesera, empleada de comercios, costurera, también a su madre en
tareas educativas. Negocios familiares sin éxito, alcoholismo del padre y su
repentina muerte, a quien siempre recordó con actitud melancólica, fueron base
de sus primeras composiciones.
Su adultez es más conocida. Su activa
participación en distintas organizaciones junto con Alicia Moreau de Justo la
destacaron, al igual que su escritura, en defensa de la mujer. En Buenos Aires
dedicó muchas horas al periodismo bajo la firma de Tao Lao y comenzó a
frecuentar lugares habitualmente “masculinos”. Por ese desafío, esa
provocación, pagó un alto precio, muchos “señores
respetados” comenzaron a atacarla públicamente. Jorge Luis Borges,
uno de tantos, la menospreciaba con líneas como esta: “La chillonería de
comadrita que suele inferirnos la Storni”.
Tal reflejó el historiador Felipe Pigna en
tiempos donde ser “señora de”
era lo permitido, otras preferían cometer “pecados imperdonables en señoritas de buena
familia: no casarse ni convertirse en vírgenes rojas”.Alfonsina no
pasó por el altar pero sí pudo amar. Quizás tanto que por eso prefirió callar
el nombre del padre de su hijo Alejandro, que el chusmerío de esos años eligió
atribuírselo a un político santafesino, bastante más grande y casado.
Los relatos familiares me han aportado datos
no leídos en sus biografías. En Bustinza su madre alquilaba la casa contigua a
la familia Correa, frente a la plaza “más cerca de la esquina, no a mitad de
cuadra” tal cuenta hoy a sus 88 años mi abuela. Allí conoció a su tía y a su
madre, pero por sus edades trenzó amistad con “Prima”. Por las tardes era
habitual que jugaran a algo parecido a lo que hoy se llama “tenis” y varias
veces a la semana iban a la Estancia “La Patria” a cabalgar. El anecdotario
familiar concluye con el día que debió dejar el pueblo; algunos muebles y el
escritorio usado por Alfonsina para escribir sus primeras poesías, sirvió de
pago para el “alquiler atrasado”.
Quienes han estudiado su vida agregaron que
al morir el segundo esposo de su madre, Julián Perelli, comenzó a trabajar en
un taller de costura donde se acercó al anarquismo. Su “estreno” en Bustinza
fue un 24 de agosto de 1908 con motivo de un baile organizado por Bartolomé
Escalante; había arribado un día antes desde Cañada de Gómez en un carruaje de
alquiler. Su andar seguro hizo que no pasara desapercibida, entablando rápida
relación con un joven proveniente de Santa Teresa, hoy Totoras.
Alfonsina colaboró para las fiestas
patronales de ese año como vendedora de cédulas con la Comisión de Damas. “Fue
la más activa y eficaz”, recuerda en sus relatos Cayetano Daneri,
poblador del lugar. Este mismo vecino escribió en 1956 una anécdota que la
pinta de cuerpo entero; un día andando a caballo se cruza a Félix Ansalmi, a
cuya familia conocía. Muy galante el joven dijo al pasar: “Si yo fuese caballo, con qué gusto tiraría”.
Ella contestó: “Y si yo lo manejase, que de azotes le daría”.
Las mujeres de hoy disfrutan de nuevas
“conquistas” que la sociedad machista antes les prohibía, mucho tuvieron que
ver algunas “desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras” como se las
describió en el libro “Mujeres tenían que
ser”. Alfonsina fue una adelantada, habló cuando se debía callar y
obedecer, fue tan única que hasta no resulta descabellado creer en la versión
más poética de su suicidio. Quizás no se arrojó desde una escollera, por qué no
pensar que resultó ser tan diferente al resto que prefirió internarse
lentamente en el mar.
César Negri
Uno de los pocos homenajes, si no el único,
que Las Rosas le hizo a la escritora fue en el marco del proyecto “Mujeres”
producido por Fernando Banegas en 2004. “Alfonsina y el mar” fue cantado
por Martín Miño y Germán Staffolani, quien con esta versión pasó el casting de
“La Voz Argentina”.

