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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Alfonsina, la loba y el mar


Un 25 de octubre de 1938 fue el día en que inmortalizó su obra y nació la leyenda. Esa madrugada Alfonsina Storni decidió ponerle fin a su último sufrimiento, el cáncer de mama. Antes tuvo otros varios que uno a uno quedaron sellados en sus escritos, como “La loba” donde expresó las miserias y discriminaciones por las que muchas mujeres de esa época debieron pasar. Problemas económicos la acercaron, y luego la alejaron, de Bustinza donde sus tardes eran compartidas con Prevístera Correa, tía de mi abuela materna, y reconocida por los historiadores con el nombre de “Prima”. Como verán, ¡alguna relación tiene Las Rosas con una de las plumas argentinas más destacadas!

Hija de Alfonso Storni y Paulina Martignoni, nació en Suiza radicándose a los 4 años en San Juan. Desde niña ayudó a la familia como mesera, empleada de comercios, costurera, también a su madre en tareas educativas. Negocios familiares sin éxito, alcoholismo del padre y su repentina muerte, a quien siempre recordó con actitud melancólica, fueron base de sus primeras composiciones. 

Su adultez es más conocida. Su activa participación en distintas organizaciones junto con Alicia Moreau de Justo la destacaron, al igual que su escritura, en defensa de la mujer. En Buenos Aires dedicó muchas horas al periodismo bajo la firma de Tao Lao y comenzó a frecuentar lugares habitualmente “masculinos”. Por ese desafío, esa provocación, pagó un alto precio, muchos “señores respetados” comenzaron a atacarla públicamente. Jorge Luis Borges, uno de tantos, la menospreciaba con líneas como esta: “La chillonería de comadrita que suele inferirnos la Storni”.

Tal reflejó el historiador Felipe Pigna en tiempos donde ser “señora de” era lo permitido, otras preferían cometer “pecados imperdonables en señoritas de buena familia: no casarse ni convertirse en vírgenes rojas”.Alfonsina no pasó por el altar pero sí pudo amar. Quizás tanto que por eso prefirió callar el nombre del padre de su hijo Alejandro, que el chusmerío de esos años eligió atribuírselo a un político santafesino, bastante más grande y casado.

Los relatos familiares me han aportado datos no leídos en sus biografías. En Bustinza su madre alquilaba la casa contigua a la familia Correa, frente a la plaza “más cerca de la esquina, no a mitad de cuadra” tal cuenta hoy a sus 88 años mi abuela. Allí conoció a su tía y a su madre, pero por sus edades trenzó amistad con “Prima”. Por las tardes era habitual que jugaran a algo parecido a lo que hoy se llama “tenis” y varias veces a la semana iban a la Estancia “La Patria” a cabalgar. El anecdotario familiar concluye con el día que debió dejar el pueblo; algunos muebles y el escritorio usado por Alfonsina para escribir sus primeras poesías, sirvió de pago para el “alquiler atrasado”.

Quienes han estudiado su vida agregaron que al morir el segundo esposo de su madre, Julián Perelli, comenzó a trabajar en un taller de costura donde se acercó al anarquismo. Su “estreno” en Bustinza fue un 24 de agosto de 1908 con motivo de un baile organizado por Bartolomé Escalante; había arribado un día antes desde Cañada de Gómez en un carruaje de alquiler. Su andar seguro hizo que no pasara desapercibida, entablando rápida relación con un joven proveniente de Santa Teresa, hoy Totoras.

Alfonsina colaboró para las fiestas patronales de ese año como vendedora de cédulas con la Comisión de Damas. “Fue la más activa y eficaz”, recuerda en sus relatos Cayetano Daneri, poblador del lugar. Este mismo vecino escribió en 1956 una anécdota que la pinta de cuerpo entero; un día andando a caballo se cruza a Félix Ansalmi, a cuya familia conocía. Muy galante el joven dijo al pasar: “Si yo fuese caballo, con qué gusto tiraría”. Ella contestó: “Y si yo lo manejase, que de azotes le daría”.

Las mujeres de hoy disfrutan de nuevas “conquistas” que la sociedad machista antes les prohibía, mucho tuvieron que ver algunas “desobedientes, incorrectas, rebeldes y luchadoras” como se las describió en el libro “Mujeres tenían que ser”. Alfonsina fue una adelantada, habló cuando se debía callar y obedecer, fue tan única que hasta no resulta descabellado creer en la versión más poética de su suicidio. Quizás no se arrojó desde una escollera, por qué no pensar que resultó ser tan diferente al resto que prefirió internarse lentamente en el mar.


César Negri
Uno de los pocos homenajes, si no el único, que Las Rosas le hizo a la escritora fue en el marco del proyecto “Mujeres” producido por Fernando Banegas en 2004. “Alfonsina y el mar” fue  cantado por Martín Miño y Germán Staffolani, quien con esta versión pasó el casting de “La Voz Argentina”.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Primero escritor. Después comerciante


Hace unos días, quitando el polvillo de un viejo escritorio me lo choqué. Dos años que descansaba en ese lugar, entre “The ombú tree” de Elise Dellemagne-Cookson –que no recuerdo como llegó ahí porque nunca lo leí- y “Juicio a los 70” de Julio Bárbaro, “un regalo clásico” de un amigo “con un saludo clásico”, tal su dedicatoria. De Ediciones Editres, impreso en julio de 2010, lo compré unos meses después; a decir verdad, sin la seguridad de abrirlo alguna vez, quizás solo para engrosar mi escueta biblioteca.

Había participado de su lanzamiento en la Biblioteca Sarmiento, donde “Nucho” González amenizó con su guitarra y varias compañeras del taller literario que lo tenía como integrante al autor -distinguido en numerosas oportunidades-, leyeron poesías, cuentos y poemas. Con prólogo de su hija Laura y corregido por Juan Carlos Escalante, la publicación resultó ser su primer trabajo.

Ya en casa, tarde, esperando solo que llegue el sueño, abrí al azar la página 59 encontrándome con “Un hombre de bien” donde en siete párrafos describía a un“veterinario simpático, bohemio, petiso”, su amigo Antonio Táccari. Seguramente el leer sobre un vecino invitó a que siga saltando de hojas, de derecha a izquierda.“Visita a isla negra” y “Un poema para Niní”, en homenaje a Pablo Neruda y a la multifacética Niní Marshall le siguieron. Buscando el nombre del libro, que había olvidado por mi frágil memoria, volví a la tapa: “Creo”. No entendí el motivo del título pero al abrirlo nuevamente, me atrapó la saga a su querida gente del Jardín de Infantes Nucleado, “El chancho Julián” y “Trencito de sueños”.

Poesías patrias y otras a sus nietos, micro ensayos y poemas le continuaron.  Con “Mis anteojos” dije: “después de los 40, como hay que hacer mucho esfuerzo para ver, uno elige en que detenerse y disfrutar". “El silencio” fue el último de ese viernes por la noche: “A veces puede calmar o anunciar una tormenta, otras herir asintiendo una sospecha. Como un juez del corazón logra salvar una verdad o condenar una traición. Hay silencios que aturden, como en el territorio fugaz de una injusticia”.

Tres o cuatro días después retomé la lectura para terminarlo. Cada hijo tenía su mención, también su esposa; seguramente por ser hincha de Boca leí dos veces“Bombones azul y oro”, dedicado a su fanático Pablo. En “Sentencias” escribió:“Duerme cuando tengas sueños, no lo hagas si tienes muchos” y en “Pasando el 60” se detuvo en su amigo Ángel, como igual lo hizo con otras amistades.

Para conocerlo un poco más alcanzó “Soy”. Allí se describe como un buen ciudadano, amante del tango, alguien que detesta la injusticia siendo padre de familia numerosa. “No me gusta el exceso, ni la balanza que pesa los favores o la guachada”, reflexiona. En la página siguiente, el poema que más me cautivó: “Soy La Carreta, señores…”.

Con versos impecables, cada línea relata los primeros cincuenta años de esa institución. Una persona que nunca entró a ese templo de cultura rosense, con solo leerlo puede imaginarlo a la perfección. “Lleva el nombre y el amor / de doña Ascensión Carranza” cita al escenario mayor. “En mis años se escribieron / rimas, versos y payadas / aquí al Antenor Posadas / cantarle a la luna vieron” y “Cuando ensillo a mi memoria / como un recuerdo muy fiel / galopa Don Juan Vadell / fortaleciendo esta historia” forman parte de otros trazos de notable inspiración.

Esas 221 entregas de talento me demostraron que Oscar Herrera es primero un escritor rosense, y luego el comerciante dueño de las 14 vidrieras.


César Negri
Qué otro libro podemos recomendar hoy que no sea “Creo”, de Oscar Herrera.