Hace unos días, quitando el polvillo de un
viejo escritorio me lo choqué. Dos años que descansaba en ese lugar, entre “The
ombú tree” de Elise Dellemagne-Cookson –que no recuerdo como llegó ahí porque
nunca lo leí- y “Juicio a los 70”
de Julio Bárbaro, “un regalo clásico”
de un amigo “con un saludo clásico”,
tal su dedicatoria. De Ediciones Editres, impreso en julio de 2010, lo compré
unos meses después; a decir verdad, sin la seguridad de abrirlo alguna vez,
quizás solo para engrosar mi escueta biblioteca.
Había participado de su lanzamiento en la
Biblioteca Sarmiento, donde “Nucho” González amenizó con su guitarra y varias
compañeras del taller literario que lo tenía como integrante al autor
-distinguido en numerosas oportunidades-, leyeron poesías, cuentos y poemas.
Con prólogo de su hija Laura y corregido por Juan Carlos Escalante, la
publicación resultó ser su primer trabajo.
Ya en casa, tarde, esperando solo que llegue
el sueño, abrí al azar la página 59 encontrándome con “Un hombre de bien” donde en siete
párrafos describía a un“veterinario
simpático, bohemio, petiso”, su amigo Antonio Táccari. Seguramente
el leer sobre un vecino invitó a que siga saltando de hojas, de derecha a
izquierda.“Visita a isla negra”
y “Un poema para Niní”, en homenaje a Pablo Neruda y a la
multifacética Niní Marshall le siguieron. Buscando el nombre del libro, que
había olvidado por mi frágil memoria, volví a la tapa: “Creo”. No entendí el motivo del título pero al
abrirlo nuevamente, me atrapó la saga a su querida gente del Jardín de Infantes
Nucleado, “El chancho Julián”
y “Trencito de sueños”.
Poesías patrias y otras a sus nietos, micro
ensayos y poemas le continuaron. Con “Mis
anteojos” dije: “después de
los 40, como hay que hacer mucho esfuerzo para ver, uno elige en que detenerse
y disfrutar". “El
silencio” fue el último de ese viernes por la noche: “A veces puede calmar o anunciar una tormenta, otras
herir asintiendo una sospecha. Como un juez del corazón logra salvar una verdad
o condenar una traición. Hay silencios que aturden, como en el territorio fugaz
de una injusticia”.
Tres o cuatro días después retomé la lectura
para terminarlo. Cada hijo tenía su mención, también su esposa; seguramente por
ser hincha de Boca leí dos veces“Bombones
azul y oro”, dedicado a su fanático Pablo. En “Sentencias” escribió:“Duerme cuando tengas sueños, no lo hagas si tienes
muchos” y en “Pasando el 60” se detuvo en su amigo Ángel, como igual lo hizo con
otras amistades.
Para conocerlo un poco más alcanzó “Soy”.
Allí se describe como un buen ciudadano, amante del tango, alguien que detesta
la injusticia siendo padre de familia numerosa. “No
me gusta el exceso, ni la balanza que pesa los favores o la guachada”,
reflexiona. En la página siguiente, el poema que más me cautivó: “Soy La Carreta, señores…”.
Con versos impecables, cada línea relata los
primeros cincuenta años de esa institución. Una persona que nunca entró a ese
templo de cultura rosense, con solo leerlo puede imaginarlo a la perfección. “Lleva el nombre y el amor / de doña Ascensión Carranza” cita al escenario mayor. “En mis años se escribieron / rimas, versos y payadas / aquí al Antenor
Posadas / cantarle a la luna vieron” y “Cuando ensillo a mi memoria / como un
recuerdo muy fiel / galopa Don Juan Vadell / fortaleciendo esta historia” forman parte de otros trazos de
notable inspiración.
Esas 221 entregas de talento me demostraron
que Oscar Herrera es primero un escritor rosense, y luego el comerciante dueño
de las 14 vidrieras.
César Negri
Qué otro libro podemos recomendar hoy que no
sea “Creo”, de Oscar Herrera.

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