miércoles, 3 de octubre de 2012

Los problemas nos igualan



Joaquín solía prenderse en las discusiones políticas, muchas veces con excesiva pasión. Aunque tenía preferencias, solía repetir más de una vez que los que gobiernan, sus opositores ni los medios de comunicación hablaban realmente de los verdaderos problemas. Un día se merendó con un importante anuncio del Estado; fue cauto con respecto al mismo. Sin embargo, después de unos días inició el trámite como otros miles de argentinos. La ilusión en marcha, la posibilidad de una vivienda propia estaba más cercana.

Sin voces, sin personas de por medio, todo transcurrió a través de computadoras. Una cita lo esperaba en noviembre; un e-mail le comunicó que se adelantaba a septiembre. Cada aviso, cada nueva información le generaba incertidumbre y expectativas en la idéntica proporción.

La fecha había llegado. La ciudad de Rosario lo esperaba. El día se presentaba tormentoso. No solo Dolores, su madre, lo acompañó, la lluvia no se alejó en ningún momento de la jornada. 

La entrevista era a las 11. El tráfico demoró el arribo. A dos minutos de la puntualidad aún faltaba que corran dos cuadras bajo el agua con un solo paraguas, y subir por escalera tres pisos muy empinados, ya que ese día el ascensor quiso no funcionar. 

Un fuerte silencio y unas veinte personas los recibieron en una pequeña habitación; concretamente eran 32, se tomó el trabajo de contarlas una vez que devolvió las carpetas a su madre y la agitación cedía un poco. Sin preguntar nada intuyó que solo debían esperar. Así lo hicieron. A pesar de que todos estaban allí por lo mismo, cada uno “vivía” en su mundo. Un joven treintañero escribía en su BlackBerry, una mujer a su lado buscaba su móvil en una cartera inmensa, seguramente repleta de lo siempre guardan. Un matrimonio, recientemente jubilado pensó, se miraban sin hablar. Al poco instante, ese mutismo tan característico de las salas de esperas de consultorios médicos, se interrumpió. Una pareja llegó con sus dos hijos, dos mochilas, un bolso matero negro y otro que supuso con más ropa, duchados, en la expresión literal de la palabra. El niño más grande de unos 5 años, combinada verde, amarillo, naranja y azul en su jeans de múltiples bolsillos, remera, buzo, zapatillas y campera. El más pequeño, apenas menor, corría entre las piernas de todos sin que su inocultable resfrío lo detenga. Por esas casualidades de la vida, Dolores los reconoció, el de ojos negros y mirada profunda era su alumno a más de 150 kilómetros de allí; permitió la primera conversación entre los presentes.

Minutos tras minutos fueron otros apareciendo, por la misma escalera y con los mismos gestos de cansancio. Unos “noviecitos” –ella de pelo rojizo, él con gel para no perder su peinado puntiagudo- se acomodaron en un rincón; una independiente mujer de cuatro décadas bien llevadas en su piel e impronta; otra joven adornada “de viernes a la noche” con tacos y vestido pegado a su figura con cara angelical; otra pareja, con mucha más suerte, se asomó desde el ascensor ya “reparado” ante el asombro unánime y sus prendas sin humedad, una alianza de celos reflejaron los rostros de todos.

Joaquín se detuvo en ellos. Sabía que la lluvia se había tomado un breve respiro. Los imaginó, además de “en concubinato” tras un conflictivo divorcio él y algún desamor ella, bajando de un coche de curvas modernas. No los “veía” descender de un colectivo, taxi o auto familiar. La dama, de colores morado y rojo, cartera al tono, llamativos aros y reloj. El señor, de unas 55 temporadas, un pantalón con calce ideal para lucir sus zapatos; camisa de vestir y sweater cuello V combinaban a la perfección. Sintiéndose observado, sonó su teléfono, todos “expectantes” de ese diálogo, solo se escuchó una especie de orden para que alguien lo haga por él.

Como si todo hubiese estado cronometrado para que ni unos pocos minutos pierdan, se informó que debían anotarse y luego acceder a la sala que despejaría dudas. Los presentes hicieron la fila, también aquellas amigas que por su ubicación parecían ser las primeras en haber llegado, igual que un empleado de una “centenaria” panadería cañadense y otra mujer que distraía su espera con el libro “Cartas marcadas”, de Alejandro Dolina.

Ya en el auditorio, y en una misma fila, coincidieron Joaquín, Dolores, la pareja con sus dos niños y esos misteriosos acompañantes. Una rubia, de cabello ondulado se acomodó al frente y cinco minutos después del mediodía saludó: “Buen día, mi nombre es Karina, bienvenidos al Programa Crédito Argentino del Bicentenario para la Vivienda Única, ProCreAr”. En ese momento varios comprendieron que “los problemas nos igualan”.


César Negri
Interesante conocer a “El niño de la hipoteca”, un cantautor español nacido en Barcelona. “Esta historia va al revés”: http://www.youtube.com/watch?v=Ir206W_jBHo

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