Joaquín solía prenderse en las discusiones
políticas, muchas veces con excesiva pasión. Aunque tenía preferencias, solía
repetir más de una vez que los que gobiernan, sus opositores ni los medios de
comunicación hablaban realmente de los verdaderos problemas. Un día se merendó
con un importante anuncio del Estado; fue cauto con respecto al mismo. Sin
embargo, después de unos días inició el trámite como otros miles de argentinos.
La ilusión en marcha, la posibilidad de una vivienda propia estaba más cercana.
Sin voces, sin personas de por medio, todo
transcurrió a través de computadoras. Una cita lo esperaba en noviembre; un
e-mail le comunicó que se adelantaba a septiembre. Cada aviso, cada nueva
información le generaba incertidumbre y expectativas en la idéntica proporción.
La fecha había llegado. La ciudad de Rosario
lo esperaba. El día se presentaba tormentoso. No solo Dolores, su madre, lo acompañó,
la lluvia no se alejó en ningún momento de la jornada.
La entrevista era a las 11. El tráfico demoró
el arribo. A dos minutos de la puntualidad aún faltaba que corran dos cuadras
bajo el agua con un solo paraguas, y subir por escalera tres pisos muy
empinados, ya que ese día el ascensor quiso no funcionar.
Un fuerte silencio y unas veinte personas los
recibieron en una pequeña habitación; concretamente eran 32, se tomó el trabajo
de contarlas una vez que devolvió las carpetas a su madre y la agitación cedía
un poco. Sin preguntar nada intuyó que solo debían esperar. Así lo hicieron. A
pesar de que todos estaban allí por lo mismo, cada uno “vivía” en su mundo. Un joven treintañero
escribía en su BlackBerry, una mujer a su lado buscaba su móvil en una cartera
inmensa, seguramente repleta de lo siempre guardan. Un matrimonio,
recientemente jubilado pensó, se miraban sin hablar. Al poco instante, ese
mutismo tan característico de las salas de esperas de consultorios médicos, se
interrumpió. Una pareja llegó con sus dos hijos, dos mochilas, un bolso matero
negro y otro que supuso con más ropa, duchados, en la expresión literal de la
palabra. El niño más grande de unos 5 años, combinada verde, amarillo, naranja
y azul en su jeans de múltiples bolsillos, remera, buzo, zapatillas y campera.
El más pequeño, apenas menor, corría entre las piernas de todos sin que su
inocultable resfrío lo detenga. Por esas casualidades de la vida, Dolores los
reconoció, el de ojos negros y mirada profunda era su alumno a más de 150 kilómetros de
allí; permitió la primera conversación entre los presentes.
Minutos tras minutos fueron otros
apareciendo, por la misma escalera y con los mismos gestos de cansancio. Unos “noviecitos” –ella de pelo rojizo, él con
gel para no perder su peinado puntiagudo- se acomodaron en un rincón; una
independiente mujer de cuatro décadas bien llevadas en su piel e impronta; otra
joven adornada “de viernes a la noche”
con tacos y vestido pegado a su figura con cara angelical; otra pareja, con mucha
más suerte, se asomó desde el ascensor ya “reparado”
ante el asombro unánime y sus prendas sin humedad, una alianza de celos
reflejaron los rostros de todos.
Joaquín se detuvo en ellos. Sabía que la
lluvia se había tomado un breve respiro. Los imaginó, además de “en concubinato” tras un conflictivo
divorcio él y algún desamor ella, bajando de un coche de curvas modernas. No
los “veía” descender de un
colectivo, taxi o auto familiar. La dama, de colores morado y rojo, cartera al
tono, llamativos aros y reloj. El señor, de unas 55 temporadas, un pantalón con
calce ideal para lucir sus zapatos; camisa de vestir y sweater cuello V
combinaban a la perfección. Sintiéndose observado, sonó su teléfono, todos
“expectantes” de ese diálogo, solo se escuchó una especie de orden para que
alguien lo haga por él.
Como si todo hubiese estado cronometrado para
que ni unos pocos minutos pierdan, se informó que debían anotarse y luego
acceder a la sala que despejaría dudas. Los presentes hicieron la fila, también
aquellas amigas que por su ubicación parecían ser las primeras en haber
llegado, igual que un empleado de una “centenaria” panadería cañadense y otra
mujer que distraía su espera con el libro “Cartas
marcadas”, de Alejandro Dolina.
Ya en el auditorio, y en una misma fila,
coincidieron Joaquín, Dolores, la pareja con sus dos niños y esos misteriosos
acompañantes. Una rubia, de cabello ondulado se acomodó al frente y cinco
minutos después del mediodía saludó: “Buen día, mi nombre es Karina, bienvenidos al
Programa Crédito Argentino del Bicentenario para la Vivienda Única, ProCreAr”. En ese momento varios
comprendieron que “los problemas nos igualan”.
César Negri
Interesante conocer a “El niño de la hipoteca”, un cantautor español nacido en Barcelona. “Esta historia va al revés”: http://www.youtube.com/watch?v=Ir206W_jBHo

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