viernes, 5 de octubre de 2012

El trofeo del hincha: la foto con Messi


Martes 6 de octubre de 2009. Adrián recorría el país en uno de sus tantos viajes para solucionar un problema junto con “Colo”, su compañero de entonces. Lo esperaba la ciudad bonaerense de Balcarce y para estar a tiempo, había dejado Las Rosas de madrugada. La autopista Rosario-Buenos Aires iba a llevarlo hasta la ruta 51. Pero antes debía detenerse obligadamente en un peaje, y luego hacer lo mismo pocos metros más allá en una estación de servicios Shell. De los tres surtidores, el de la derecha estaba ocupado por una Traffic; eligió entonces parar su Toyota 2003 al lado. Pasaron apenas unos minutos cuando una imponente camioneta negra carrozada, distinta a la que estamos acostumbrados a ver por nuestra zona, detuvo su marcha en el carril izquierdo. No imaginaba que segundos después, el día cambiaría para siempre.

Un hombre de unos 50 años se acercó diciéndole: “— ¡si el que va de acompañante no es Messi, le pego en el palo!”. Por esa época, Adrián era fanático de la Play Station y de su “Mechiii”, tal como relataba esos goles virtuales. Se paró frente a la “chata”, con su vista hacia adentro y ahí estaba él, mirándolo, como diciendo: “—sí, soy yo”. El gesto de un pedido de foto fue asentido con su cabeza. El jugador del Barcelona abrió la puerta de su vehículo, se acomodó en su asiento, recibió un beso en la mejilla y escuchó: “—dejame sacar una foto con vos que sos mi ídolo en la Play”. La estrella rió a carcajadas. El “clic” del celular sonó, la imagen ya estaba inmortalizada.

El afortunado de esta historia es un vecino de Las Rosas, podría ser cualquier persona, en cualquier circunstancia pero con los mismos sentimientos hacia el rosarino que llena de fútbol las canchas de todo el mundo. ¿Cuál es el motivo de inmensa idolatría hacia un futbolista? ¿Solo por lo que hace con una pelota en sus pies? La pregunta puede hacerse extensiva para cantantes o artistas. E incluso por estos días muchos se animan a venerar a políticos (o política para no generalizar).

Dejemos para otro momento el análisis del paso amor al odio, que cambia según resultados, circunstancias o declaraciones. Detengámonos en qué nos lleva a querer en grado de máxima expresión, sin objetividad alguna, a personas que –por lo general– cobran para hacer lo que nos “enamora”.

El fanatismo existió desde siempre. Quizás también el exceso de él. Sin embargo, por estos días es común que esas adulaciones sean más intensas y efímeras, remplazadas por otras tan intensas y más efímeras que las anteriores.

Algo cultural ha cambiado, ya no solo es la ilusión de “sentirse” en la piel del ídolo durante el tiempo en que este desarrolla sus capacidades. Existen hoy muchos factores, todos los que usted se imagina o sufre, que nos hacen vivir con estados depresivos o similares. Y ante la falta de una cura total, se requiere de momentos, fotos temporales que llenen al cuerpo.

Ser querido produce muchas buenas sensaciones en el ánimo de uno mismo, incluso puede elevar el ego hasta enfermarnos cuando el tan debatido “yo” impuesto por Freud llega a niveles superlativos. Sin embargo, “querer” debe ser uno de los estados más placenteros que se conozcan. A veces, cuando uno confunde “querer” con pretender hacerse propietario de otra persona o de algo, puede lastimar y lastimarse, pero no quita lo expresado anteriormente.

Allí, en el “querer” está, creo yo, la respuesta de por qué se idolatra tanto a terceros. Pequeñas felicidades se han instalado desde hace tiempo en reemplazo de aquellas realmente importantes, cada vez se escuchan menos los elogios a padres y abuelos, como sí lo hacían ellos a sus padres y a sus abuelos.

Conversando sobre este tema con un amigo, él aportaba un buen análisis. En la era del 2.0 nos resulta más fácil querer más allá de nuestros conocidos; la TV, Internet, las nuevas herramientas de comunicación nos permiten conocer más, y a la vez menos. La tecnología nos vende fotos de lo bueno y al tiempo de lo malo de una persona, nunca sus películas completas.

No hay que conformarse con esto, aspiremos a admirar más a amigos, a familiares. A esos famosos, solo en su cuota justa. No es la solución, solo un comienzo.

César Negri
Hoy vayamos a YouTube y disfrutemos de un programa especial de Canal 5 Perú en el año 2010. 

jueves, 4 de octubre de 2012

De picnic, toma de colegios y demás


¿Cuántos picnic de primavera tiene una persona en su vida? Dos o tres en edad de primaria y cinco o seis durante la secundaria. No más de diez oportunidades nos da la vida para reunir recuerdos y anécdotas que se transformarán en inolvidables para las décadas siguientes. Si uno no ha sido muy amigo del “sol” que digamos, esas chances disminuyen considerablemente hasta dejarlas prácticamente en cero. Quizás por ello, es que tenga más presente las dos veces que fui el “único” en algo.

La primera de esas historias se remonta a una mañana del año 1993 o 94. El regreso de un docente a su cargo de la escuela Técnica Nº 278 llevó a una “toma del colegio” de parte del alumnado; nunca estuvo claro si fue decisión de los cursos superiores o incentivado por “mayores”. La consigna era no entrar al establecimiento hasta nueva información que debía llegar desde dirección, donde se producían las negociaciones.  Por intuir que el problema no era el que nos habían contado las autoridades de ese momento o, quizás, por solidarizarme siempre con el que no puede defenderse, opté por ingresar. Después de 90 minutos sentado en un banco de madera del patio pude cruzar palabras con el directivo que había tenido un apercibimiento, castigo o algo así en Armstrong. Tras chocar nuestras manos, dije: “No sé por qué estoy acá, pero sentí que debía estar acá”.

El segundo recuerdo tuvo lugar en 1997. El día previo al festejo de la llegada de la primavera y del estudiante, mis compañeros habían consensuado hacer un faltazo general a clases. La idea era generar una especie de lo que hoy llamamos “feriado puente”, para que la celebración se extienda dos días bajo el entusiasta sol primaveral. Mi relación poco amistosa con el “aire libre” me hizo a analizar: “¡si faltan todos y yo voy, tendré solo un rato de clases y seré desobligado rápido!”. Mis cálculos fallaron. El resultado fue tener que quedarme hasta las 18:45, hora de salida, incluso uno de los profesores me dictó durante dos horas cátedras.

Pero hagamos un poco de historia sobre el “Día del estudiante” que permita una reflexión. Tomando como fuente al historiador Daniel Balmaceda(http://blogs.lanacion.com.ar/historia-argentina/), la fecha fue propuesta en 1902 por Salvador Debenedetti, presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras –quienes más, si no ellos–, con motivo de homenajear a Domingo F. Sarmiento, ya que un mismo día pero de 1888 sus restos mortales llegaron a Buenos Aires, luego de ser repatriados desde Asunción. Los primeros 21 de septiembre se limitaron a actos universitarios, que en su evolución culminaron en lo que hoy conocemos.

A nivel local, en mi época y un poco antes también, el lugar elegido para esos festejos era el Parque San Martín. Por esos años, ir a ese lugar era como pedalear hasta un campo; la urbanización y el desarrollo de la ciudad con la llegada del pavimento a calle Paso de los Andes, nos lo fue acercando demasiado. Existían dos grupos, dos estilos de vivir ese día. Los más recatados en el predio sur; lo más revoltosos, los detractores de la “ley seca”, hacia el norte. Cada uno tenía sus normas, sus formas, eran dos mundos diferentes que se respetaban mutuamente, sin entorpecer al otro. La 65 no pintaba para ser la ruta que hoy conocemos, ni una calle siquiera, a lo sumo parecía una vereda donde “acróbatas” en sus motos o bicicletas, así como quien obraba de asador o sabía tocar la guitarra, intentaban llamar la atención de las chicas.

Los excesos de una minoría, como siempre, perjudicaron al resto. Debieron intensificarse los controles municipales para preservar, no solo de algunos machucones, sino también la vida de muchos. Inclusive, el Estado para tener mayor presencia se hizo cargo de la organización. Por ello, esa ventaja de tener lejos “ojos que vigilan” hoy resulta imposible imaginarlo. Quizás esta sea una crítica, a mí entender de las pocas, hacia los jóvenes que fuimos y los que vinieron. No supimos/supieron aprovechar la oportunidad de ser libres por un día.

Se sabe, los jóvenes cuando quieren divertirse necesitan y buscan estar alejados de toda persecución y control de adultos. No sería extraño, como ya suceden con fiestas “top” de verano, que los festejos en un par de años abandonen el Parque San Martín para trasladarse hasta quien sabe dónde.

Cierro con un tuit de Adolfo Pérez Esquivel:



César Negri
“Here comes the sun” de The Beatles nos despide el invierno y saluda al sol. http://www.youtube.com/watch?v=U6tV11acSRk

Cuando aprieta el frío


Hace unos días, había preparado la mesa mientras papas con cebolla y una colita de cuadril bien condimentada cambiaban el aroma del lugar. Otra persona de la casa aprestaba a darse su ducha diaria. De repente, dos insultos coincidieron en el ambiente; algo de lo que estaba ahora totalmente desacostumbrado y que había vivido por último vez al final de mi adolescencia, sucedió: ¡la garrafa se terminó! Esta situación no la “sufrí” en Las Rosas, fue a solo 60 kilómetros donde al no gozarse del servicio de gas por redes, no llama para nada la atención que en cualquier horario, cualquier día, sin distinguir laborables, fines de semana o feriados, se deba buscar la única alternativa posible: esperar a que el “garrafero” salga al día siguiente con su reparto. 

Antes de ser joven, en mi niñez digamos, y sin comprender los inconvenientes del “quedarse sin gas”, recuerdo lo entretenido que era recibir a nuestro “garrafero” Juan Carlos; “Carlitos” fue siempre para mí. La ventaja de tenerlo cerca o el parentesco permitían su atención “full time”. El ritual comprendía el ingreso del carro de ruedas gastadas, el cambio de tubo y después de asegurárselo a la cañería con una pulsiana, finalizaba con el momento más peligroso y emocionante: un encendedor hacía el test de seguridad. Que hoy escriba, es porque nunca falló.

Allá por el 2000, un par de años antes del peor escenario político y social que soportó el país, el sueño de algunos y la necesidad de muchos hizo viable la llegada del gas natural. No sería descabellado pensar que si no se hubiese logrado al comienzo de esa década, hoy todavía estaríamos esperándolo, teniendo en cuenta que las “crisis” siempre son refugio para verse demoradas las respuestas de las demandas.

Actualmente la ciudad tiene el 80 por ciento de sus habitantes con dicho servicio, quedando aún unas 600 familias desprovistas de esta obra, que junto a la red cloacal constituye la prioridad 1 y 2 entre nuestros vecinos con menores recursos económicos. Lo reflejaron encuestas de opinión provinciales realizadas en Las Rosas en 2005, 2006, 2007 y 2010 cuando se leían las zonas alejadas al radio céntrico. Pero más allá de esos números, el solo consultarlos personalmente tiene como respuesta que son esos los egresos de dinero, después de la comida, más importantes que tienen mensualmente.

Algunos intendentes, conociendo esta necesidad, han gestionado la venta de garrafas sociales al precio estipulado por el gobierno nacional, y otros, como el caso del radical Pablo Verdecchia en Armstrong, asistieron con leña a familias de esa localidad sin costo alguno

Los que tenemos la fortuna de vivir más cerca de la plaza que de las rutas, disponemos de pavimento, cloacas, iluminación baja, agua potable y gas natural. Por este servicio, una familia con tres integrantes y misma cantidad de calefactores gasta alrededor de 250 pesos en meses de invierno y con la casa ambientada las 24 horas, menos del 10% de un Salario Mínimo, Vital y Móvil Año 2011-2012. Sin embargo, alguien que debe calentar a sus hijos con troncos por kilos, kerosene por litros, electricidad y garrafas (“sociales” a precio “no sociales + recargo envío por larga distancia -¿?-”) debe disponer de seis o siete billetes con la cara de Roca, mínimo, sin que eso signifique no pasar frío, elevando aquel porcentaje al 28-30.

Es comprensible entender vecinos que demandan más embellecimiento a los espacios públicos, mejores accesos a la ciudad, pavimento más limpio y algún que otro bacheo, entre otros. Cada uno de nosotros tenemos prioridades -según cultura, educación, costumbres y lugares que frecuentamos-, y cuando cumplimos con el derecho de votar, las hacemos valer y allí se imponen las mayorías. No obstante, solamente cuando las preocupaciones de esas mayorías coincidan con las necesidades de las minorías, tendremos una sociedad más parecida a la que vivieron nuestros padres o abuelos.


César Negri
Nunca viene mal escuchar a Joaquín Sabina, en este caso “Cuando aprieta el frío”. http://www.youtube.com/watch?v=CmJvwfgxiyg&feature=fvwrel

miércoles, 3 de octubre de 2012

Cuando Dios se toma vacaciones



Mi relación con Dios no es de las mejores. Debo reconocer que así como yo no hice demasiado para acercarme, Él tampoco me dio razones para abrazarlo. Seguramente hay dos motivos que no han logrado unirnos: muchos de sus “representantes” ante los mortales y la falta de una situación límite personal, de salud quizás, en la que deba rendirme ante su ayuda. Digo situación límite personal porque sí las han vivido familiares cercanos y ni así pude hacerme amigo; egoísmo puro el mío me acusarán. Más allá de esto, siento gran respeto, y hasta envidia diría, por aquellas personas que creen y obran de acuerdo a sus mandamientos, sabiendo incluso que muchas de ellas se sienten ofendidas y perciben como seres incompletos a los que ejercen la visión contraria.

La desgracia que golpeó a una pareja famosa con la muerte de su niña de seis años, permite como mínimo dudar de su obra. No quiero ser “comercial” y centrarme en ese hecho particular, ya que en nuestras ciudades muchos casos de dolor similar hemos soportado. Igual, la tan repetida y famosa frase de los últimos días “Si sucede, conviene”, que intenta servir de respuesta ante los problemas, no hace más que provocar rechazo ante quienes la pronuncian.

Pueden entenderla como una chicana si quieren, pueden pensarla como oportunista si les da la gana, pero qué razón tendría Dios para arrancarnos día a día a seres indefensos, que no han tenido la posibilidad de conocer la vida, ni tiempo para equivocarse, para aprender, para querer, para perdonar. ¿Qué quiere decir Dios cuando “nos pone” ante estas tragedias? Un pastor norteamericano, Phillips Brooks, dijo alguna vez algo así como que no había que pedirle una carga acorde a nuestros hombros, sino hombros aptos para soportar esas cargas. Discúlpenme, pero preferiría que si esas cosas dependieran de Él, nos haga la vida más sencilla, menos dolorosa. No quisiera aprender a hacerme fuerte ante ese tipo de dolor, optaría por disfrutar momentos con esos seres queridos que nos arrancan.

Todas estas situaciones por las que debemos pasar me hacen confirmar mis dudas (si es que alguna me queda), y a pesar de que muchos fanáticos podrán creerme insolente, voy a tomar unas líneas del escritor uruguayo Mario Benedetti: “Yo no sé si Dios existe, pero si existe, sé que no le va a molestar mi duda”. Por eso, no nos ataquen a los que pensamos así; Él no lo haría jamás.

Seguramente existirán respuestas para las anteriores consultas y otras planteadas con más altura, podrán entenderse, o intentar hacerlo. Sin embargo, para no cerrar el debate y fanatizarse con una u otra postura tomemos a Ernesto Sábato cuando alimentó la polémica diciendo: “Dios existe pero a veces duerme, y sus pesadillas son nuestra existencia”. Pensemos que no solo duerme y que entonces muchas cosas suceden “cuando Dios se toma vacaciones”.

César Negri
En este video, Darío Sztajnszrajber –docente de filosofía y conductor de Mentira la verdad por Canal Encuentro-  aporta una brillante mirada: “Reinterpretando a Dios”. http://www.youtube.com/watch?v=AKcQFJ_VctM

Los problemas nos igualan



Joaquín solía prenderse en las discusiones políticas, muchas veces con excesiva pasión. Aunque tenía preferencias, solía repetir más de una vez que los que gobiernan, sus opositores ni los medios de comunicación hablaban realmente de los verdaderos problemas. Un día se merendó con un importante anuncio del Estado; fue cauto con respecto al mismo. Sin embargo, después de unos días inició el trámite como otros miles de argentinos. La ilusión en marcha, la posibilidad de una vivienda propia estaba más cercana.

Sin voces, sin personas de por medio, todo transcurrió a través de computadoras. Una cita lo esperaba en noviembre; un e-mail le comunicó que se adelantaba a septiembre. Cada aviso, cada nueva información le generaba incertidumbre y expectativas en la idéntica proporción.

La fecha había llegado. La ciudad de Rosario lo esperaba. El día se presentaba tormentoso. No solo Dolores, su madre, lo acompañó, la lluvia no se alejó en ningún momento de la jornada. 

La entrevista era a las 11. El tráfico demoró el arribo. A dos minutos de la puntualidad aún faltaba que corran dos cuadras bajo el agua con un solo paraguas, y subir por escalera tres pisos muy empinados, ya que ese día el ascensor quiso no funcionar. 

Un fuerte silencio y unas veinte personas los recibieron en una pequeña habitación; concretamente eran 32, se tomó el trabajo de contarlas una vez que devolvió las carpetas a su madre y la agitación cedía un poco. Sin preguntar nada intuyó que solo debían esperar. Así lo hicieron. A pesar de que todos estaban allí por lo mismo, cada uno “vivía” en su mundo. Un joven treintañero escribía en su BlackBerry, una mujer a su lado buscaba su móvil en una cartera inmensa, seguramente repleta de lo siempre guardan. Un matrimonio, recientemente jubilado pensó, se miraban sin hablar. Al poco instante, ese mutismo tan característico de las salas de esperas de consultorios médicos, se interrumpió. Una pareja llegó con sus dos hijos, dos mochilas, un bolso matero negro y otro que supuso con más ropa, duchados, en la expresión literal de la palabra. El niño más grande de unos 5 años, combinada verde, amarillo, naranja y azul en su jeans de múltiples bolsillos, remera, buzo, zapatillas y campera. El más pequeño, apenas menor, corría entre las piernas de todos sin que su inocultable resfrío lo detenga. Por esas casualidades de la vida, Dolores los reconoció, el de ojos negros y mirada profunda era su alumno a más de 150 kilómetros de allí; permitió la primera conversación entre los presentes.

Minutos tras minutos fueron otros apareciendo, por la misma escalera y con los mismos gestos de cansancio. Unos “noviecitos” –ella de pelo rojizo, él con gel para no perder su peinado puntiagudo- se acomodaron en un rincón; una independiente mujer de cuatro décadas bien llevadas en su piel e impronta; otra joven adornada “de viernes a la noche” con tacos y vestido pegado a su figura con cara angelical; otra pareja, con mucha más suerte, se asomó desde el ascensor ya “reparado” ante el asombro unánime y sus prendas sin humedad, una alianza de celos reflejaron los rostros de todos.

Joaquín se detuvo en ellos. Sabía que la lluvia se había tomado un breve respiro. Los imaginó, además de “en concubinato” tras un conflictivo divorcio él y algún desamor ella, bajando de un coche de curvas modernas. No los “veía” descender de un colectivo, taxi o auto familiar. La dama, de colores morado y rojo, cartera al tono, llamativos aros y reloj. El señor, de unas 55 temporadas, un pantalón con calce ideal para lucir sus zapatos; camisa de vestir y sweater cuello V combinaban a la perfección. Sintiéndose observado, sonó su teléfono, todos “expectantes” de ese diálogo, solo se escuchó una especie de orden para que alguien lo haga por él.

Como si todo hubiese estado cronometrado para que ni unos pocos minutos pierdan, se informó que debían anotarse y luego acceder a la sala que despejaría dudas. Los presentes hicieron la fila, también aquellas amigas que por su ubicación parecían ser las primeras en haber llegado, igual que un empleado de una “centenaria” panadería cañadense y otra mujer que distraía su espera con el libro “Cartas marcadas”, de Alejandro Dolina.

Ya en el auditorio, y en una misma fila, coincidieron Joaquín, Dolores, la pareja con sus dos niños y esos misteriosos acompañantes. Una rubia, de cabello ondulado se acomodó al frente y cinco minutos después del mediodía saludó: “Buen día, mi nombre es Karina, bienvenidos al Programa Crédito Argentino del Bicentenario para la Vivienda Única, ProCreAr”. En ese momento varios comprendieron que “los problemas nos igualan”.


César Negri
Interesante conocer a “El niño de la hipoteca”, un cantautor español nacido en Barcelona. “Esta historia va al revés”: http://www.youtube.com/watch?v=Ir206W_jBHo

Primero escritor. Después comerciante


Hace unos días, quitando el polvillo de un viejo escritorio me lo choqué. Dos años que descansaba en ese lugar, entre “The ombú tree” de Elise Dellemagne-Cookson –que no recuerdo como llegó ahí porque nunca lo leí- y “Juicio a los 70” de Julio Bárbaro, “un regalo clásico” de un amigo “con un saludo clásico”, tal su dedicatoria. De Ediciones Editres, impreso en julio de 2010, lo compré unos meses después; a decir verdad, sin la seguridad de abrirlo alguna vez, quizás solo para engrosar mi escueta biblioteca.

Había participado de su lanzamiento en la Biblioteca Sarmiento, donde “Nucho” González amenizó con su guitarra y varias compañeras del taller literario que lo tenía como integrante al autor -distinguido en numerosas oportunidades-, leyeron poesías, cuentos y poemas. Con prólogo de su hija Laura y corregido por Juan Carlos Escalante, la publicación resultó ser su primer trabajo.

Ya en casa, tarde, esperando solo que llegue el sueño, abrí al azar la página 59 encontrándome con “Un hombre de bien” donde en siete párrafos describía a un“veterinario simpático, bohemio, petiso”, su amigo Antonio Táccari. Seguramente el leer sobre un vecino invitó a que siga saltando de hojas, de derecha a izquierda.“Visita a isla negra” y “Un poema para Niní”, en homenaje a Pablo Neruda y a la multifacética Niní Marshall le siguieron. Buscando el nombre del libro, que había olvidado por mi frágil memoria, volví a la tapa: “Creo”. No entendí el motivo del título pero al abrirlo nuevamente, me atrapó la saga a su querida gente del Jardín de Infantes Nucleado, “El chancho Julián” y “Trencito de sueños”.

Poesías patrias y otras a sus nietos, micro ensayos y poemas le continuaron.  Con “Mis anteojos” dije: “después de los 40, como hay que hacer mucho esfuerzo para ver, uno elige en que detenerse y disfrutar". “El silencio” fue el último de ese viernes por la noche: “A veces puede calmar o anunciar una tormenta, otras herir asintiendo una sospecha. Como un juez del corazón logra salvar una verdad o condenar una traición. Hay silencios que aturden, como en el territorio fugaz de una injusticia”.

Tres o cuatro días después retomé la lectura para terminarlo. Cada hijo tenía su mención, también su esposa; seguramente por ser hincha de Boca leí dos veces“Bombones azul y oro”, dedicado a su fanático Pablo. En “Sentencias” escribió:“Duerme cuando tengas sueños, no lo hagas si tienes muchos” y en “Pasando el 60” se detuvo en su amigo Ángel, como igual lo hizo con otras amistades.

Para conocerlo un poco más alcanzó “Soy”. Allí se describe como un buen ciudadano, amante del tango, alguien que detesta la injusticia siendo padre de familia numerosa. “No me gusta el exceso, ni la balanza que pesa los favores o la guachada”, reflexiona. En la página siguiente, el poema que más me cautivó: “Soy La Carreta, señores…”.

Con versos impecables, cada línea relata los primeros cincuenta años de esa institución. Una persona que nunca entró a ese templo de cultura rosense, con solo leerlo puede imaginarlo a la perfección. “Lleva el nombre y el amor / de doña Ascensión Carranza” cita al escenario mayor. “En mis años se escribieron / rimas, versos y payadas / aquí al Antenor Posadas / cantarle a la luna vieron” y “Cuando ensillo a mi memoria / como un recuerdo muy fiel / galopa Don Juan Vadell / fortaleciendo esta historia” forman parte de otros trazos de notable inspiración.

Esas 221 entregas de talento me demostraron que Oscar Herrera es primero un escritor rosense, y luego el comerciante dueño de las 14 vidrieras.


César Negri
Qué otro libro podemos recomendar hoy que no sea “Creo”, de Oscar Herrera.